miércoles, 22 de mayo de 2013
Sobre los nuevos medios: La princesa sapo no quiere chatear más...
Cuando mi mamá tenía catorce y mi papá dieciocho y decidieron ser enamorados, ella vivía en Sullana, y el en Lima, estudiaba en la Uni. Todos los viernes terminando clases se subía a su carro, pisaba el acelerador (mi papá siempre ha tenido debilidad por la velocidad automovilística), y enrumbaba en una travesía de toda la noche y parte de la mañana del sábado, hacia el norte. llegaba al mediodía se lavaba la cara e iba a buscarla, almorzaban y pasaban juntos la tarde (siempre me he imaginado el momento en el que ella abría la puerta y se miraban, sabiendo que tenían por delante unas cuantas horas de plaza provinciana y chaperones de doce años, para luego dejar de verse por una o dos semanas). Al llegar la noche se iba por supuesto a un hotelucho de medio pelo a dormir y el domingo temprano emprendía el camino de regreso porque, claro, tenía que llegar a clases el lunes.
Cuando tenía quince años me llamaban por teléfono, al teléfono fijo de mi casa, yo corría a contestar y si era la llamada que estaba esperando (un chico por supuesto) me encerraba en algún cuarto vacío para pasarme los siguientes quince minutos entre comentarios tontos, pausas interminables, preguntas incomodas y risas queditas, poniendo la mano sobre el receptor del teléfono para que no se escuche mi emoción. Uno de mis regalos más preciados en la adolescencia fue un teléfono para mi cuarto, pop hasta la pared del frente, transparente y de cordón celeste, ese teléfono y la respectiva linea "privada" consolidaron lo que yo creía en ese momento que era mi adultez; la posibilidad de mantener una relación con el mundo desde un espacio íntimo y personal.
Ahora le tenemos flojera (o miedo) al verdadero contacto. Es casi imposible pensar en viajes por carretera de veinte horas para ver a alguien por seis horas, no tiene sentido, no es efectivo, ahora hay chats y facetime, y skype y watsapp. Cada vez es más raro recibir o hacer llamadas por teléfono, casi siempre contamos con dejar un mensaje, o un rastro en el registro del teléfono receptor, y no tener que pasar por el trance agotador de "hablar" de verdad con la otra persona. Es más fácil mandar un mail, un mensaje de texto, una carita (feliz, triste o molesta) y de esa manera ahorrarnos el tiempo y esfuerzo de "escuchar" una respuesta.
Cuando no había otra que vernos a las caras, visitarnos, tomar un café, salir juntos a "relojear" por la placita de sullana ; el proceso de comunicación se configuraba a un nivel orgánico. El cuerpo del otro estaba ahí con sus gestos y entonaciones, sonrisas, muecas y posturas y toda esa información se filtraba a través de nuestra propia experiencia, emoción, estado de animo y finalmente resultaba en una representación del otro. En otras palabras, lo sentíamos. Su temperatura, su volumen, su olor y sus sonidos. Su materia y su energía proyectada hacia nosotros en el presente. (Asu cuanta "carga"!). Tiempo después, durante el reinado del teléfono fijo, ya estaba permitido no mirar a quien te enamoraba, podías sólo escucharlo, y si manejabas bien la respiración, era posible esconder completamente una capa enorme de información. Ya no había que compartir el espacio, pero por lo menos sí el tiempo, el mismo momento, y la gracia era saber que en ese mismo segundo en alguna parte de la ciudad alguien suspiraba contigo. (La carga se reduce)
Ahora, en la actualidad.... Bueno.... ¿Qué quieres que te diga?
Me encantaría estar discutiendo esto contigo mientras nos tomamos un café, mirarte mientras me escuchas y escucharte mientras me miras. Pero yo estoy en mi propia vida y tu en la tuya, y lo único que nos une es una pantalla y seiscientas cincuenta palabras que escribí en otro momento, en otro lugar. Ni siquiera seremos conscientes de que nos estamos comunicando, y si quieres refutar con la literatura en la cabeza, los libros y cada material impreso que comparte características con este humilde espacio cibernético, te contestaría que a este humilde espacio cibernético no le interesa un pimiento ser artístico, que está mucho más interesado en ser un vínculo concreto con otros, en comunicarse y en la reflexión comunitaria.
Ahora en la actualidad, nada es tan distinto, las cosas siguen cambiando y siempre nos vamos a sentir un poquito desfasados, porque todo tiempo pasado fue mejor y nadie sabe que nos depara el futuro. Mientras tanto las historias de los viajes interprovinciales se glorifican, los teléfonos transparentes con cordones de colores adoptan sus lugares en los museos y nos queda la pregunta principal, a mi entender, la única que tenemos que hacernos, la que seguramente nos venimos haciendo desde el principio: ¿Acaso tanto cambio de formas nos cambia también los fondos? ¿Y estamos de acuerdo?
sábado, 4 de mayo de 2013
Noche en Blanco
La Noche en Blanco...
A) Conozco a quienes se dedican a ella el año completo, que viven durante 364 días con sus noches trabajando para generar este espacio, este evento. Reunir artistas de diferentes disciplinas, de distintas nacionalidades y utilizar las calles y espacios públicos para el encuentro de estas manifestaciones artísticas y el espectador que busca disfrutarlas. Una noche al año en la que las artes inundan las calles, los artistas se juntan y la comunidad acoge la perspectiva lúdica de quedarnos todos despiertos en el disfrute colectivo y libre de una exposición de gran dimensión.
B) Coincidí hace unos días en un estudio de televisión (en el que me entrevistaban por la obra en la que trabajo en este momento) con la alcaldesa de barranco- distrito en el que se realiza la edición 2013 de la Noche en Blanco- que iba a promocionar e informar sobre la participación de la alcaldía en el evento. Me preguntaba mientras la escuchaba hablar, ¿Qué tan intensa hubiera sido la colaboración si la iniciativa no venia respaldada por la Unión Europea, los artistas internacionales y el Tsunami de relaciones públicas que la Noche en Blanco se ha sabido hacer año tras año? Yo vivo en barranco y no considero su gestión municipal especialmente lucida ni con objetivos claros y sostenibles con respecto a la cultura, a las dinámicas de los vecinos o al uso y aprovechamiento de los espacios públicos. La alcaldesa de barranco, a quien no conozco personalmente, me parece más interesada en el marketing de su gestión que en la gestión en si.
C) Transito diariamente por la esquina en la calle Cajamarca en la que se encuentra La Casa Recurso, durante bastante tiempo la he visto vivir como un espacio que confluía gente del medio teatral, hombres y mujeres llegando a ensayar, armando ferias de diseño independiente, veladas de jamming o impro, clases yoga, etc. Un buen día la colorida casa, amaneció con grandes letreros municipales de clausura, y sin saber mucho (nada casi) sobre la situación, mi primer pensamiento fue "Municipalidad de Mierddd...". (Yo vivo y miro el mundo con el filtro de que la minoría/ el desposeído SIEMPRE tiene la razón, y ese es mi "error dramático"). La mejor consecuencia de estos letreros de clausura: Se empiezan a juntar artistas y vecinos de barranco cuyas practicas están ligadas a la cultura, para hacer un frente común, tanto para la interacción con las autoridades como para la programación y organización de su interacción con su comunidad, con su barrio.
CONCLUSIONES BLANCAS:
Salgamos hoy en la noche y vamonos de boleto viendo arte, viendo gente y viendo calle. Con amigos o solos o con hijos, hermanos o vecinos. Salgamos!
Salgamos todos los días a caminar por la calle con la firme creencia de que es nuestra, y podemos (y debemos) usarla positivamente.
Salgamos a pedir que las autoridades faciliten, agencien y gestionen la creación y formalización de focos de cultura en cada esquina, sino para crear arte o fomentar cultura, para ayudar a reducir la inseguridad ciudadana, para aumentar los vínculos dentro de los distritos, para aumentar las iniciativas económicas y empresariales que estos "focos" pueden significar.
En cualquier caso Salgamos, miremos la luna, tomemos aire, caminemos, salgamos.
A) Conozco a quienes se dedican a ella el año completo, que viven durante 364 días con sus noches trabajando para generar este espacio, este evento. Reunir artistas de diferentes disciplinas, de distintas nacionalidades y utilizar las calles y espacios públicos para el encuentro de estas manifestaciones artísticas y el espectador que busca disfrutarlas. Una noche al año en la que las artes inundan las calles, los artistas se juntan y la comunidad acoge la perspectiva lúdica de quedarnos todos despiertos en el disfrute colectivo y libre de una exposición de gran dimensión.
B) Coincidí hace unos días en un estudio de televisión (en el que me entrevistaban por la obra en la que trabajo en este momento) con la alcaldesa de barranco- distrito en el que se realiza la edición 2013 de la Noche en Blanco- que iba a promocionar e informar sobre la participación de la alcaldía en el evento. Me preguntaba mientras la escuchaba hablar, ¿Qué tan intensa hubiera sido la colaboración si la iniciativa no venia respaldada por la Unión Europea, los artistas internacionales y el Tsunami de relaciones públicas que la Noche en Blanco se ha sabido hacer año tras año? Yo vivo en barranco y no considero su gestión municipal especialmente lucida ni con objetivos claros y sostenibles con respecto a la cultura, a las dinámicas de los vecinos o al uso y aprovechamiento de los espacios públicos. La alcaldesa de barranco, a quien no conozco personalmente, me parece más interesada en el marketing de su gestión que en la gestión en si.
C) Transito diariamente por la esquina en la calle Cajamarca en la que se encuentra La Casa Recurso, durante bastante tiempo la he visto vivir como un espacio que confluía gente del medio teatral, hombres y mujeres llegando a ensayar, armando ferias de diseño independiente, veladas de jamming o impro, clases yoga, etc. Un buen día la colorida casa, amaneció con grandes letreros municipales de clausura, y sin saber mucho (nada casi) sobre la situación, mi primer pensamiento fue "Municipalidad de Mierddd...". (Yo vivo y miro el mundo con el filtro de que la minoría/ el desposeído SIEMPRE tiene la razón, y ese es mi "error dramático"). La mejor consecuencia de estos letreros de clausura: Se empiezan a juntar artistas y vecinos de barranco cuyas practicas están ligadas a la cultura, para hacer un frente común, tanto para la interacción con las autoridades como para la programación y organización de su interacción con su comunidad, con su barrio.
CONCLUSIONES BLANCAS:
Salgamos hoy en la noche y vamonos de boleto viendo arte, viendo gente y viendo calle. Con amigos o solos o con hijos, hermanos o vecinos. Salgamos!
Salgamos todos los días a caminar por la calle con la firme creencia de que es nuestra, y podemos (y debemos) usarla positivamente.
Salgamos a pedir que las autoridades faciliten, agencien y gestionen la creación y formalización de focos de cultura en cada esquina, sino para crear arte o fomentar cultura, para ayudar a reducir la inseguridad ciudadana, para aumentar los vínculos dentro de los distritos, para aumentar las iniciativas económicas y empresariales que estos "focos" pueden significar.
En cualquier caso Salgamos, miremos la luna, tomemos aire, caminemos, salgamos.
lunes, 8 de abril de 2013
pelotas en el aire
Nada és sino la representación que cada uno hace de una porción de la realidad.
Nadie és, sino la representación que alguien hace de uno. Yo no existo. Existen miles de versiones de mí, repartidas en el imaginario de cada persona que alguna vez cruzo su camino conmigo. Yo misma no me conozco en la "realidad", solo conozco la versión de mí que decido ver cada día, una intersección de "quien soy", "quien necesito ser" y "quien puedo ser". Nuestra identidad se comporta como el agua en su ciclo natural, viaja, se transforma, se disgrega y luego se condensa; sobre algunos caemos como micro-gotas de humedad mañanera y sobre otros somos una ola, depende de qué necesitan o quieren esos otros que seamos.
"¿Tan rápido llegamos a: Todo es relativo?" diría V, y yo me reiría porque sí, ya llegamos ahí. Todo es relativo, y hacer la vida es tratar de mantener treinta o cuarenta pelotas volando en el aire sobre nuestras cabezas, no permitir que se caigan, no permitir que se vuelen y sobretodo nunca, jamas, poder agarrarlas y controlarlas todas. Nunca entiendes pues. Y mientras más lo intentas, más te enredas. Como arenas movedizas, mas te mueves mas te hundes. Por eso es más fácil no mirar hacia arriba, no preguntarse, enterrar la cabeza en la arena,en la almohada, en el i pad. Complicarte solamente con la receta del postre que vas a preparar, o con la agenda de esta semana, o máximo con la noticia del periódico. Pero las pelotas y sus explicaciones inútiles y su relativa realidad están ahí siempre y de repente CLOCK! ...una te cayo en la cabeza ! Y ahora quién te salva de sentir: ¿Qué importa todo? ¿Qué importa si igual...? ¿A quién le importa, el postre o la semana o la noticia? ¿Qué importa si solo somos unas pelotas relativas, manteniéndose a flote mientras alguien más nos otorga realidad con su percepción? ¿qué importa?
Por otro lado: No es así.
Por otro lado sí hay certezas. ¿No? Claras e indudables certezas sobre las personas, las cosas, los momentos. Hay certezas que no se pueden comprobar, porque todo lo que se puede comprobar se relativista tarde o temprano.Por lo tanto si quieres alguna seguridad, un piso, una tabla para agarrarte. Algo inmutable que te ayude a seguir malabareando pelotas por el tiempo que sea necesario, este Algo debe ser in comprobable. Una certeza inmutable, que no veamos, escuchemos o toquemos, Algo que percibamos a un nivel sin cuestionamiento. ¿Existe?
Wooow! Una pelota se cae... ya me confundí. Ya no sé bien de que estoy hablando.
Creo que voy a buscar una receta de brownies y poner algo de música.
Nadie és, sino la representación que alguien hace de uno. Yo no existo. Existen miles de versiones de mí, repartidas en el imaginario de cada persona que alguna vez cruzo su camino conmigo. Yo misma no me conozco en la "realidad", solo conozco la versión de mí que decido ver cada día, una intersección de "quien soy", "quien necesito ser" y "quien puedo ser". Nuestra identidad se comporta como el agua en su ciclo natural, viaja, se transforma, se disgrega y luego se condensa; sobre algunos caemos como micro-gotas de humedad mañanera y sobre otros somos una ola, depende de qué necesitan o quieren esos otros que seamos.
"¿Tan rápido llegamos a: Todo es relativo?" diría V, y yo me reiría porque sí, ya llegamos ahí. Todo es relativo, y hacer la vida es tratar de mantener treinta o cuarenta pelotas volando en el aire sobre nuestras cabezas, no permitir que se caigan, no permitir que se vuelen y sobretodo nunca, jamas, poder agarrarlas y controlarlas todas. Nunca entiendes pues. Y mientras más lo intentas, más te enredas. Como arenas movedizas, mas te mueves mas te hundes. Por eso es más fácil no mirar hacia arriba, no preguntarse, enterrar la cabeza en la arena,en la almohada, en el i pad. Complicarte solamente con la receta del postre que vas a preparar, o con la agenda de esta semana, o máximo con la noticia del periódico. Pero las pelotas y sus explicaciones inútiles y su relativa realidad están ahí siempre y de repente CLOCK! ...una te cayo en la cabeza ! Y ahora quién te salva de sentir: ¿Qué importa todo? ¿Qué importa si igual...? ¿A quién le importa, el postre o la semana o la noticia? ¿Qué importa si solo somos unas pelotas relativas, manteniéndose a flote mientras alguien más nos otorga realidad con su percepción? ¿qué importa?
Por otro lado: No es así.
Por otro lado sí hay certezas. ¿No? Claras e indudables certezas sobre las personas, las cosas, los momentos. Hay certezas que no se pueden comprobar, porque todo lo que se puede comprobar se relativista tarde o temprano.Por lo tanto si quieres alguna seguridad, un piso, una tabla para agarrarte. Algo inmutable que te ayude a seguir malabareando pelotas por el tiempo que sea necesario, este Algo debe ser in comprobable. Una certeza inmutable, que no veamos, escuchemos o toquemos, Algo que percibamos a un nivel sin cuestionamiento. ¿Existe?
Wooow! Una pelota se cae... ya me confundí. Ya no sé bien de que estoy hablando.
Creo que voy a buscar una receta de brownies y poner algo de música.
domingo, 24 de febrero de 2013
23 de febrero
Nuestra vida transcurre en un movimiento pendular constante que va del Amor al Miedo, y cada una de nuestras acciones (y por acciones entiendo cada pensamiento, palabra, sentimiento o acto realizado) es un motor que utilizamos, consciente o inconscientemente, para acercarnos a un extremo, o al otro. Al Amor, en su forma más pura, o al Miedo, en su esencia también. Lo único realmente seguro es que ese movimiento, ese balanceo, no para nunca.
***
La muerte, el asesinato de un hombre joven; la orfandad de una niña pequeña, la violencia, el sin sentido, la in humanidad. No hay razones ni explicaciones suficientes. La única manera de encajar acciones como estas en algún tipo de lógica parece ser des humanizando a sus perpetradores, alejándolos de nuestra propia naturaleza. Resulta muy difícil reflejarse, identificarse, en acciones así Resulta casi imposible de explicar, ¿Qué impulso puede terminar en este tipo de acción? ¿Qué tipo de ser humano puede "querer" matar a alguien? ¿Es tan amplio el espectro de lo que significa ser humano? ¿Qué es lo que hace que una persona se acerque tanto al Miedo?
Porque para llegar a ese nivel de violencia hay que estar sumergido en Miedo, en terror absoluto, en ceguera. Para quitarle valor a la vida hay que haber sido despojado de Amor. Por eso quizás es difícil imaginar qué puede pasar en el alma de ese ser humano. Imaginar un alma que no percibe Amor es desolador.
***
Sin pretender plantear explicaciones, (¿Con qué derecho además?) pero pensando en qué hay que hacer sobre esto...
¿Nos damos cuenta de que todos ejercemos violencia sobre alguien?
Es violento llenarnos la boca con eslogans marqueteros sobre el progreso y los booms y la mejora de la economía, cuando la mayoría de personas que nos cruzamos en la calle no tiene acceso a los beneficios de estas supuestas mejoras.
Es violento perpetuar y validar un sistema en el que inevitablemente una pequeñísima minoría "vale más" que la gran mayoría.
Es violento educar a generaciones en la creencia de que la cantidad es mas importante que la calidad, de que el dinero es más valioso que el aire o el agua o la tierra; de que el poder está por encima de la vida.
Nuestro comportamiento en la calle es violento, nuestra forma de ganarnos un lugar en el mundo está condicionado a ser violentos y agresivos, nuestro trato a las personas que nos rodean; estamos tan acostumbrados a manejarnos con violencia, con agresividad, desde el Miedo; que cuando algún iluminado se maneja y pretende vivir desde el Amor lo llamamos Mesías, loco o imbécil.
¿Esa es nuestra naturaleza?
****
El hombre cuya vida terminaron ayer, tomó fotografías, retratos de los participantes y personajes de la fiesta religiosa Qoyllur Riti, y luego las expuso en gran formato en Mahuayani, lugar donde comienza el trayecto de la peregrinación, para ser vistas y disfrutadas por todas las personas que participaron en la misma fiesta.
Ese es un acto de Amor puro. Esas son imágenes de Amor.
Mi única conclusión clara (ilusa e ingenua quizás) es que hay que seguir intentando balancear el péndulo hacia el otro lado.
lunes, 28 de enero de 2013
mea (mama) culpa
Mi confesión del día es que soy una mala madre.
Mala malísima... a veces me asusto a mi misma, a veces pienso que no merezco serlo, a veces, como ahora, lo digo en voz alta para ver si así me siento mejor.
Adoro la televisión porque cada cierto tiempo puedo decir "Y qué tal si vas y prendes la televisión" . Adoro la computadora porque cada cierto tiempo puedo decir "'No te gustaría jugar un poco de compu?". Aun no caigo en la tentación de los aparatos de juegos electrónicos mas sofisticados (no doy nombres porque seguramente daría uno totalmente des actualizado y se burlarían de mi), pero sé que los tengo ahí, guardaditos, como un as bajo la manga, y no escupo al cielo porque en cualquier momento de debilidad romperé el chanchito y de repente llegará a mi casa una caja que emocionará a mi hijo, y me asegurará a mí varias horas de calma ininterrumpida.
Empiezo la semana con la firme determinación de realizar alguna actividad compartida que implique creatividad y aire libre y esas cosas; tiempos de calidad que le llaman, algo como hacer galletas, o pintar una pared del cuarto, ir a una exposición o salir a caminar; termino la semana agradecida de no haber decapitado a L y sintiéndome bien porque en vez de ver la programación de siempre pusimos una película y la vimos comiendo canchita.
Me siento una mala madre unas cuarenta veces al día, cada vez que L me hace un comentario y yo lo miro y asiento, poniendo cara de que lo estoy escuchando, mientras en realidad estoy pensando en cualquier otra cosa, desde qué tengo que comprar en el supermercado, hasta mis planes de ir a la playa.
Me siento una mala madre cada vez que resuelvo un almuerzo con arroz con huevo, o cereal con yogur o peor aun, con comida rápida: muy atractiva/cero nutritiva. Cada vez que en vez de pelar una manzana saco una galleta. Cada vez que me hago la loca con limpiar orejas, cortar uñas o lavar pelos. Cada vez que gasto dinero en algo para mí en vez de comprar un juguete, un libro infantil, un tarro de plastelina.
Me siento una pésima madre, y una mala persona, cuando mis frustraciones del día, o del mes, se vuelven "No hagas eso!" o "Cuantas veces te he dicho?!" o "Estoy harta de que...". Cuando mis reacciones son sobre dimensionadas o explosivas; cuando mis respuestas son negativas o displicentes. Cuando no lo miro a los ojos, cuando no escucho sus argumentos, cuando lo callo, cuando me impongo sin dejar lugar al diálogo. Me siento una mama de pacotilla cuando él me abraza y no respondo a su abrazo, o peor aun, cuando lo abrazo rapidito nomas, para pasar a lo siguiente; cuando llego a casa y me ofrenda un dibujo hecho especialmente para mí y yo, casi sin mirarlo, le pregunto "¿Ya te bañaste?"; cuando pienso que lo quiero y no se lo digo porque hay "cosas mas importantes de que hablar".
En resumen y para no seguir con la lista, con tanta frecuencia me siento una mala madre que ahora decido confesar que lo soy.
No importa que el invidente de mi hijo no se de cuenta, no importa que todavía no me lo haya reclamado, no importa que él siga abrazándome y hablándome y queriendo pasar tiempo conmigo; Finalmente ¿qué sabe el? , solo tiene cinco años. Probablemente resolverá todo esto en su adultez, posiblemente logre procesarlo y crecerá para ser un mejor padre que yo. Ojala.
Mientras tanto, y solo por la duración de este escrito porque tampoco soy masoquista ni me gusta la auto - flagelación, me acuso y me encuentro culpable, y me sentencio a tener que vivir conmigo misma y con mi mala maternidad por lo que me queda de vida.
Mala malísima... a veces me asusto a mi misma, a veces pienso que no merezco serlo, a veces, como ahora, lo digo en voz alta para ver si así me siento mejor.
Adoro la televisión porque cada cierto tiempo puedo decir "Y qué tal si vas y prendes la televisión" . Adoro la computadora porque cada cierto tiempo puedo decir "'No te gustaría jugar un poco de compu?". Aun no caigo en la tentación de los aparatos de juegos electrónicos mas sofisticados (no doy nombres porque seguramente daría uno totalmente des actualizado y se burlarían de mi), pero sé que los tengo ahí, guardaditos, como un as bajo la manga, y no escupo al cielo porque en cualquier momento de debilidad romperé el chanchito y de repente llegará a mi casa una caja que emocionará a mi hijo, y me asegurará a mí varias horas de calma ininterrumpida.
Empiezo la semana con la firme determinación de realizar alguna actividad compartida que implique creatividad y aire libre y esas cosas; tiempos de calidad que le llaman, algo como hacer galletas, o pintar una pared del cuarto, ir a una exposición o salir a caminar; termino la semana agradecida de no haber decapitado a L y sintiéndome bien porque en vez de ver la programación de siempre pusimos una película y la vimos comiendo canchita.
Me siento una mala madre unas cuarenta veces al día, cada vez que L me hace un comentario y yo lo miro y asiento, poniendo cara de que lo estoy escuchando, mientras en realidad estoy pensando en cualquier otra cosa, desde qué tengo que comprar en el supermercado, hasta mis planes de ir a la playa.
Me siento una mala madre cada vez que resuelvo un almuerzo con arroz con huevo, o cereal con yogur o peor aun, con comida rápida: muy atractiva/cero nutritiva. Cada vez que en vez de pelar una manzana saco una galleta. Cada vez que me hago la loca con limpiar orejas, cortar uñas o lavar pelos. Cada vez que gasto dinero en algo para mí en vez de comprar un juguete, un libro infantil, un tarro de plastelina.
Me siento una pésima madre, y una mala persona, cuando mis frustraciones del día, o del mes, se vuelven "No hagas eso!" o "Cuantas veces te he dicho?!" o "Estoy harta de que...". Cuando mis reacciones son sobre dimensionadas o explosivas; cuando mis respuestas son negativas o displicentes. Cuando no lo miro a los ojos, cuando no escucho sus argumentos, cuando lo callo, cuando me impongo sin dejar lugar al diálogo. Me siento una mama de pacotilla cuando él me abraza y no respondo a su abrazo, o peor aun, cuando lo abrazo rapidito nomas, para pasar a lo siguiente; cuando llego a casa y me ofrenda un dibujo hecho especialmente para mí y yo, casi sin mirarlo, le pregunto "¿Ya te bañaste?"; cuando pienso que lo quiero y no se lo digo porque hay "cosas mas importantes de que hablar".
En resumen y para no seguir con la lista, con tanta frecuencia me siento una mala madre que ahora decido confesar que lo soy.
No importa que el invidente de mi hijo no se de cuenta, no importa que todavía no me lo haya reclamado, no importa que él siga abrazándome y hablándome y queriendo pasar tiempo conmigo; Finalmente ¿qué sabe el? , solo tiene cinco años. Probablemente resolverá todo esto en su adultez, posiblemente logre procesarlo y crecerá para ser un mejor padre que yo. Ojala.
Mientras tanto, y solo por la duración de este escrito porque tampoco soy masoquista ni me gusta la auto - flagelación, me acuso y me encuentro culpable, y me sentencio a tener que vivir conmigo misma y con mi mala maternidad por lo que me queda de vida.
sábado, 5 de enero de 2013
Fin de año
31 de diciembre del 2012
Hoy L se encontró con el mar.
Desde que nació se ha metido al mar. En mis brazos, luego
abrazado de mi cuello, luego de mi mano y alguna vez, el verano pasado conmigo al lado, ya suelto pero siempre con
la seguridad de mi presencia a pocos centímetros.
Hoy no me necesitó.
Se encontró con C, un niño un par de años mayor, sólo en la
playa, como él, que al no tener compañía para pasar la mañana, prefirió pasarla
con el pequeño de cinco (casi seis) que lo miraba con ojos de admiración y
juego. C, como buen norteño, conocía el mar. Conocía su dinámica y como
incorporarse a ella, porque de eso se trata finalmente. Acá en Zorritos, y
alguna vez yo (también de seis) lo aprendí a punta de revolcones, la marea
tiene rachas cortas y bruscas de seis o siete olas grandes, y luego remansos de
doce o quince tumbos. Cuando la ola está grande no se puede luchar contra ella,
ni tratar de escaparse, si la ola grande te agarra adentro hay que someterse a
ella, sumergirse, sacar la cabeza para tomar aire, agarrar piso y esperar a la
siguiente. Luego viene el periodo de calma en el que uno siente que domina el
agua y que no hay ningún peligro, en ese momento solo se disfruta, poco después
viene la ola grande otra vez.
Pero lo que hace de éste un mar especial es que es como una
buena madre: incluso si le pierdes el respeto y pretendes rebelarte a sus leyes
su castigo es firme pero amoroso, te revuelca pero te deja salir a tiempo para
respirar, sacudirte el susto y reírte del remesón. Eso sí, a la siguiente racha
no te atreverás a desobedecer.
Sin necesidad de explicaciones C le enseño a L todo esto,
solo con su manera de zambullirse, un par de gritos indescifrables y agarrando
su mano cada vez que fue necesario; su comunicación durante las horas que
pasaron jugando era totalmente no verbal y sorprendentemente efectiva; al cabo
de un rato L sabía todo lo que tenía que saber para entrar un poco más adentro.
Quedaba todavía una barrera que atravesar, y debo confesar que yo, bien sentada
bajo mi sombrilla y con mi cámara en mano, rogaba internamente para que esa
barrera siguiera firme. “Todavía no” pensaba, “todavía es muy pequeño”, “No te
atrevas Lorenzo”. El mismo sentimiento
que tuve cuando lo cargue por primera vez, el mismo que tendré, seguramente cada
vez que lo vea enfrentarse a nuevas mareas en su vida: miedo. Miedo inmenso
gigante aterrador paralizante miedo horrible. Entonces vino una ola grande,
bien grande, “se te para el corazón y contienes la respiración-grande”. Un
segundo antes de que la ola cayera sobre él, lo miré, vi el miedo en sus ojos y
en cada músculo de su cuerpo, y también vi fuerza. La ola gigante lo revolcó.
Por varios segundos mi hijo fue un borrón negro en medio de un montón de espuma
blanca. Miedo incalculable. Entonces su cara apareció, resoplando agua, con los
ojos cerrados con fuerza y el pelo totalmente enarenado, la cara de un
revolcado. L tomo aire, se paró, plantó bien los pies en la arena, abrió los
ojos y lanzo una carcajada gigante, más grande que el miedo, salió hasta la orilla
fuera del peligro y bailó y saltó de alegría. En ese instante mi miedo, el
sentimiento que me asalta cuando pienso en la fragilidad de L frente al mundo,
desapareció. Exactamente igual al momento en que lo cargué por primera vez, una
vez que sus ojos se encontraron con los míos el miedo inicial desapareció y fue
remplazado por una emoción, más orgánica, más poderosa, posiblemente menos
racional, pero más verdadera: confianza. Confianza en el poder de ese ser y
confianza de su lugar en el mundo. Esa emoción difícil de explicar llegó hace
casi seis años y me dio muchísima paz.
Una vez que se dio cuenta de que un revolcón no es más que
un revolcón, y que hasta divertido resulta, L se entregó al placer del agua
como un pequeño delfín. Un rato después
C se cansó del mar y desapareció sin que yo le pudiera agradecer la tremenda
lección que nos había dado y luego de unos minutos me tuve que acercar a la
orilla para casi arrastrar a un arrugado niño mío hasta su toalla.
Se termina el año.
No se acabó el mundo y nos preguntamos ¿Por qué no, si lo estamos haciendo añicos? Todo el mundo
quiere comer comida peruana pero no todos los peruanos podemos comer, o
estudiar, o ir a la playa de vacaciones. Hay muchas tareas para el 2013, hay
mucho trabajo que hacer. Y lo más importante sigue siendo, para mí, remplazar
ese miedo que aparece cuando pienso demasiado; remplazarlo con esa fe, esa
confianza que existe cuando solo siento y percibo y estoy y soy. Llenarme de
esa emoción para seguir viendo a L encontrarse con el mar, con la primaria, con
la pena, con el mundo, con la vida y reírme con él cuándo se pare después de
cada revolcón más fuerte. Más feliz.
Un buen nuevo año para todos.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Princesa sapo navideña
A mi me encantan los regalos, me encanta darlos y me encanta recibirlos.
Me gusta la Navidad porque, entre otras cosas, es una época del año en la que le dedico tiempo y esfuerzo (y algo de dinero, por supuesto) a la labor de regalar a la gente que quiero; y escribo sobre ello por una sencilla razón: creo que se malentiende, en esta era del consumismo y las tarjetas de crédito, qué significa regalar, por qué el acto de regalar algo tiene valor, cual es su valor, por qué lo hacemos.
Regalarle algo a alguien es un ejercicio de desprendimiento, pero no solo económico, no vale por la cantidad de dinero que se gasta en el regalo; es un ejercicio de desprendimiento del ego también. Para hacer un buen regalo, un regalo que realmente le va a gustar al "regalado", hay que ponerse en su lugar, hay que pensar por un instante (o varios) en esa persona, en sus gustos (que no son los propios) en su manera de vivir (que no es la propia), en sus características; hay que saber equilibrar las preferencias de uno con las del otro, y finalmente hay que añadir a esa reflexión un poco de cariño y de interés para que el regalo también aporte eso, así, aquello que regalamos no solo es algo que a esa persona le gustaría sino también aquello que creemos que la hará feliz, desde nuestro punto de vista. Tomarse esos momentos para pensar en un regalo es el regalo. Dedicarle unos segundos a pensar en otro, eso es un regalo para uno mismo.
El acto de regalar tiene un aspecto ritual, y por tanto debe ser tratado con respeto y debe cuidarse.
En los últimos días he estado en tres lugares distintos para comprar regalos, El centro comercial Jockey Plaza, La feria barranquina al lado del chifa Unión, la expo - venta organizada por el Ministerio de Cultura Ruraq Maki. Cada uno de estos lugares determinaba la experiencia de comprar, y por tanto determinaba también el carácter del regalo, el vínculo que tendré con la persona a quien entregaré ese regalo, y además mi humor del día. Comprar regalos en una feria de artesanía peruana, realmente estas comprando mucho más que un objeto, regalas historia, contenido, un pedacito chiquito de identidad y la sensación que te queda de pasear por esa feria es de placer y armonía En una feria de diseñadores jóvenes y menos tradicionales como las ferias que se realizan en barranco, la sensación es más acelerada, más "cool" y sin embargo no carece de gracia, la mayoría de los productos tienen también su carácter artesanal, personal, le llaman "de diseño" y "alternativo", yo reconozco la herencia de los artesanos de la otra feria, me gusta pensar que somos eso, un país creativo, artístico de muchos colores. Y luego está la experiencia de comprar en las tiendas de marca, en los centros comerciales de plástico A mi no me gusta eso, a veces lo hago, porque, bueno, donde voy a encontrar el par de zapatos que le aguanten a L todo el verano, pero salgo de ahí "exprimida" y un poco vacía, no siento que he adquirido algo, todo lo contrario, siento que me han quitado, un poco de paz, un poco de belleza, y un montón de plata.
Varias veces, varios años, he optado por hacer mis regalos, y ante el "mejor no regalemos nada" de mi familia he dicho "Yo quiero regalar, déjenme regalar" y hago alfajores, o canastas de papel mache, o móviles o lo que sea, igual siento que realizo el ritual, pienso en cada uno de ellos mientras preparo el regalo, mientras envuelvo el regalo, mientras transporto el regalo, y cuando abren el regalo y les gusta el regalo, yo soy bastante feliz.
Así que: Es Navidad, Regalemos!, regalemos una carta, un dibujo, unas palabras en una botella tapada con un corcho, salgamos a buscar algo que nos haga pensar en la gente que queremos, y si le tememos al fin del mundo pues no salgamos, regalemos una botella de agua y un paquete de galletas de soda y llamémosle kit de supervivencia navideño, regalemos un abrazo y un beso, bien preparado y con nombre propio. Regalemos el tiempo que nos toma pensar en el regalo y pongámosle una tarjeta de mi para ti. Sin estres, sin angustia y sin problemas. Sin esperar nada a cambio. Solo por el placer de ver a otro feliz. GRACIAS!
Me gusta la Navidad porque, entre otras cosas, es una época del año en la que le dedico tiempo y esfuerzo (y algo de dinero, por supuesto) a la labor de regalar a la gente que quiero; y escribo sobre ello por una sencilla razón: creo que se malentiende, en esta era del consumismo y las tarjetas de crédito, qué significa regalar, por qué el acto de regalar algo tiene valor, cual es su valor, por qué lo hacemos.
Regalarle algo a alguien es un ejercicio de desprendimiento, pero no solo económico, no vale por la cantidad de dinero que se gasta en el regalo; es un ejercicio de desprendimiento del ego también. Para hacer un buen regalo, un regalo que realmente le va a gustar al "regalado", hay que ponerse en su lugar, hay que pensar por un instante (o varios) en esa persona, en sus gustos (que no son los propios) en su manera de vivir (que no es la propia), en sus características; hay que saber equilibrar las preferencias de uno con las del otro, y finalmente hay que añadir a esa reflexión un poco de cariño y de interés para que el regalo también aporte eso, así, aquello que regalamos no solo es algo que a esa persona le gustaría sino también aquello que creemos que la hará feliz, desde nuestro punto de vista. Tomarse esos momentos para pensar en un regalo es el regalo. Dedicarle unos segundos a pensar en otro, eso es un regalo para uno mismo.
El acto de regalar tiene un aspecto ritual, y por tanto debe ser tratado con respeto y debe cuidarse.
En los últimos días he estado en tres lugares distintos para comprar regalos, El centro comercial Jockey Plaza, La feria barranquina al lado del chifa Unión, la expo - venta organizada por el Ministerio de Cultura Ruraq Maki. Cada uno de estos lugares determinaba la experiencia de comprar, y por tanto determinaba también el carácter del regalo, el vínculo que tendré con la persona a quien entregaré ese regalo, y además mi humor del día. Comprar regalos en una feria de artesanía peruana, realmente estas comprando mucho más que un objeto, regalas historia, contenido, un pedacito chiquito de identidad y la sensación que te queda de pasear por esa feria es de placer y armonía En una feria de diseñadores jóvenes y menos tradicionales como las ferias que se realizan en barranco, la sensación es más acelerada, más "cool" y sin embargo no carece de gracia, la mayoría de los productos tienen también su carácter artesanal, personal, le llaman "de diseño" y "alternativo", yo reconozco la herencia de los artesanos de la otra feria, me gusta pensar que somos eso, un país creativo, artístico de muchos colores. Y luego está la experiencia de comprar en las tiendas de marca, en los centros comerciales de plástico A mi no me gusta eso, a veces lo hago, porque, bueno, donde voy a encontrar el par de zapatos que le aguanten a L todo el verano, pero salgo de ahí "exprimida" y un poco vacía, no siento que he adquirido algo, todo lo contrario, siento que me han quitado, un poco de paz, un poco de belleza, y un montón de plata.
Varias veces, varios años, he optado por hacer mis regalos, y ante el "mejor no regalemos nada" de mi familia he dicho "Yo quiero regalar, déjenme regalar" y hago alfajores, o canastas de papel mache, o móviles o lo que sea, igual siento que realizo el ritual, pienso en cada uno de ellos mientras preparo el regalo, mientras envuelvo el regalo, mientras transporto el regalo, y cuando abren el regalo y les gusta el regalo, yo soy bastante feliz.
Así que: Es Navidad, Regalemos!, regalemos una carta, un dibujo, unas palabras en una botella tapada con un corcho, salgamos a buscar algo que nos haga pensar en la gente que queremos, y si le tememos al fin del mundo pues no salgamos, regalemos una botella de agua y un paquete de galletas de soda y llamémosle kit de supervivencia navideño, regalemos un abrazo y un beso, bien preparado y con nombre propio. Regalemos el tiempo que nos toma pensar en el regalo y pongámosle una tarjeta de mi para ti. Sin estres, sin angustia y sin problemas. Sin esperar nada a cambio. Solo por el placer de ver a otro feliz. GRACIAS!
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